Esta semana ha dado poco que contar. Pasará sin pena ni gloria a los anal/es de la historia de mi vida en Cardiff. La he pasado casi toda en casa de Almu perreando; tomando el poco sol que asoma por estos lares; leyendo el libro de Geografía; viendo pelis y untando Nutella en pan.
He currado un poco más que otras semanas, cosa que vendrá muy bien para mi bolsillo y para los 100£ que tengo que pagar de gas+electricidad (una auténtica burrada). El miércoles por la mañana tuve que ir yo sola al restaurante. Todo parecía tranquilo después de tomar un café con una bola de helado y darle un repaso a las velas... hasta que de repente empezó a sonar el teléfono insistentemente. Proveedores: pescado, aceite, helado, papel de cocina, guantes, blablabla... un sufrimiento. No entendía nada, así que más de una vez tuve que pasarle el teléfono al friegaplatos, un chaval polaco de 17 años, ante la mirada atónita de la cocinera que debe pensar que soy un poco zoquete. Apunté varios teléfonos y nombres mal, ¿¿¿esta gente no sabe lo que es deletrear des-pa-cio por-fa-vor???
Y aquí ando pensando cómo llevarme todo lo que he acumulado descontroladamente en mi habitación. Me llevaré cosas a España la semana que viene, pero luego ya no vengo a esta casa así que tengo que trasladarlo todo. Me mudo a casa de Rob, a la habitación que ahora mismo ocupa la francesa, Elodie. Una habitación muy requete-mona en una casa con todas las comodidades. Al final este verano viviremos Almu, Rob, Pepi y yo. Tres españolas y un irlandés. Al principio no quería convivir con españoles, pero después de mi experiencia con galeses, he cambiado de opinión. ¡Qué gusto debe dar llegar a casa y tenter gente agradable con la que charlar cómodamente sin puertas cerradas a cal y canto y saludos esporádicos por el pasillo! Lo cierto es que casi todo el mundo que convive con galeses dice lo mismo: que son algo rancios. Demasiado independientes para mi gusto.
Ups, parece que llueve.

